La función del valor en la recuperación del patrimonio musical español
por Raúl Angulo Díaz
El principal objetivo de cualquier proyecto de recuperación del patrimonio musical español es la edición, interpretación y/o grabación de las obras españolas conservadas en los diferentes archivos. Cualquiera que esté o haya estado inmerso en esta tarea conoce las dificultades de llevarla a cabo. También el simple aficionado a la música puede comprobar la escasez de ediciones, interpretaciones y/o grabaciones de música española en comparación a las dedicadas a otros repertorios. No pretendo entrar en los detalles, sino tratar la razón de fondo de esta situación, que no es otra que una falta de justificación ideológica sólida acerca de esta labor de recuperación del patrimonio musical.
La sola justificación histórica es claramente insuficiente. Sostener que debemos recuperar estas obras porque son parte de la historia, o porque son nuestra historia, no basta, ya que para la Historia estas obras son simples documentos del pasado, sean dignos o despreciables en lo musical. Son materiales para poder explicar, por ejemplo, los usos de una institución como la Iglesia católica en España, su poder y esplendor hasta el siglo XVIII y su declive en el siglo XIX. Pero cuando hablamos de “recuperación” de las obras musicales, no las consideramos como meros documentos históricos, sino como obras de arte dignas de interpretarse en una sala de conciertos o de plasmarse en un CD. En realidad, cuando se dice que tal o cual obra ha de recuperarse porque forma parte de nuestra historia, se quiere justificar su recuperación por su pertenencia a nuestro “patrimonio” o cultura común.
La justificación que acude a las ideas de patrimonio o de cultura es la justificación más común. Continuamente se escucha que se ha de salvar la música de nuestra tierra, nuestras tradiciones musicales, todo nuestro patrimonio artístico, que no consistiría, por tanto, tan sólo en edificios, pinturas, retablos, etc., sino también en obras musicales. A mi entender, todas estas justificaciones están afectadas de lo que Gustavo Bueno ha llamado “el mito de la cultura”, mito cuyos problemas e inconsistencias es imposible desarrollar aquí. Tan sólo quisiera señalar que la idea de patrimonio o de cultura es una idea-fuerza que impide la discusión real acerca del valor y el significado de las obras de arte concretas. Las obras musicales conservadas en nuestros archivos habrían de recuperarse, según esto, porque son valiosas, y serían valiosas simplemente porque son cultura, pertenecen a un “Reino de la Cultura ” que es la fuente de la que emana todo valor. Tal modo de justificación es, a todas luces, abstracto, ya que la cultura (o el patrimonio) no es lo valioso de por sí, sino que su valor procede del valor particular de las obras culturales. No son las obras valiosas por pertenecer a un patrimonio o a la cultura, sino que ese patrimonio o cultura son más o menos valiosos dependiendo de las obras que incluyan en su ámbito. Así, por ejemplo, no es la cultura o patrimonio alemanes los que hacen valiosa la música de Bach, sino que es ésta la que hace valiosos a aquéllos.
La justificación por la cultura o por el patrimonio ha marcado la comprensión que tiene la musicología acerca de su trabajo de recuperación. Se supone que con la publicación de obras hoy olvidadas, y con el estudio de los aspectos técnicos de su ejecución, automáticamente se interpretarán estas obras, y el público acudirá a los conciertos reconociendo su valor. Los músicos se reducirían a ser meros ejecutantes cuya función sería la de sacar a la luz esas obras, valiosas simplemente por pertenecer a una cultura o un patrimonio, y el oyente se reduciría a su vez a un mero receptor pasivo, admirador de esos valores patrimoniales o culturales. Sin embargo, la experiencia nos dice que esto no es así. Se publican algunas obras (no muchas) y se interpretan aún menos, y esto gracias a las puntuales subvenciones que conceden las Administraciones Públicas. Ni músicos ni público parecen interesados en la música española. La musicología se echa a sí misma la culpa, y hace ya mucho tiempo que se oyen quejas y lamentos varios sobre el mal estado de la musicología en España, sobre la falta de estudios serios acerca de la historia de nuestra música. Con ello, sin embargo, se deja intacta la idea-fuerza de cultura que recorre tal ideología. Si no se quiere caer en tales ilusiones paralizantes, conviene empezar no dando por supuesto el valor de las obras incluidas en la noción de “patrimonio español”, y dar paso a su discusión.
Muchos creerán que discusiones de este tipo son excesivamente especulativas y no tienen repercusión práctica alguna. Es más, la musicología, si ha de ser “ciencia de la música”, debería superar esta fase, digamos filosófica. Pero es que la musicología está lejos de ser ciencia. Y cualquiera que haya leído algún libro o artículo de musicología y, en concreto, sobre recuperación de patrimonio, no puede por menos que conceder que sus páginas están atravesadas de juicios muy poco científicos acerca del valor de tal o cual obra, o de lo “atrasado” o “adelantado” de tal estilo, obra u autor. En particular, y sin explicar muy bien por qué, la musicología presta mayor atención a la música española del XVII y del XVIII que a la del XIX, que considera “desfasada”. Y entre los diversos géneros musicales, el que cuenta mayor favor es el instrumental (y, por encima de todos, la Sinfonía ), y la ópera. Todo ello, por supuesto, queda reflejado en las publicaciones y recuperaciones de obras musicales. ¿Por qué se subvencionó generosamente e interpretó Ulisse in Campania , una ópera anónima conservada en el archivo de Calahorra y no algunos de los numerosos villancicos conservados en ese mismo archivo? ¿Por qué la única obra ejecutada del archivo de la con-catedral de La Redonda de Logroño ha sido la Sinfonía de Blas Hernández, y además adaptada para una orquesta sinfónica actual? Abandonados han quedados sus más abundantes villancicos, misas, salmos, lamentaciones, etc. Y todo ello por ideas confusas y oscuras como la de adelanto o atraso, o la de “calidad”.
Se comete, por tanto, el error de colocar el valor de las obras pertenecientes al ámbito “patrimonio musical español” en una instancia metafísica, y no en los mismos intérpretes y oyentes. No debería sorprenderse el musicólogo si no encuentra otro interés por esas obras que con tanto esfuerzo ha transcrito y publicado que la curiosidad o el orgullo pueblerino.
La musicología afectada por el mito de la cultura supone que los músicos son meros ejecutantes y los oyentes meros receptores pasivos. Pero los intérpretes no son autómatas mecánicos que simplemente den existencia sonora a obras pre-existentes. Nociones como “interpretación rigurosa”, “interpretación original”, “interpretación históricamente auténtica”, favorecen esa visión mecánica del músico intérprete. El intérprete, gracias a su interpretación respetuosa, permitiría que la obra brille en todo su valor, y el público, gracias a esa interpretación transparente, sin añadidos, comprendería inmediatamente la valía de la obra. El libro Authenticities: Philosophical Reflections on Musical Performance de Peter Kivy constituye un buen ataque a la noción de “interpretación históricamente auténtica” y, de rebote, a la concepción interpretativa sostenida por el mito de la cultura. Según este autor, en realidad es imposible recuperar exactamente el sonido acústico tal como sonó ni reproducir la escucha psicológica original, y aún menos el contexto que daba sentido a la música del pasado. De hecho, interpretar esta música como parte de una cultura o de un patrimonio es ya deformar su sentido original.
El valor de las obras, al contrario de lo que supone la musicología afectada por el mito de la cultura, depende de las interpretaciones, discursos, valoraciones que de ellas den los músicos ejecutantes, así como el público que asiste a los conciertos y escucha las grabaciones. El musicólogo, por tanto, tendría que dejar de trabajar aislado, acogido a las instituciones que subvencionan sus ediciones, para pasar a trabajar mano a mano con los músicos intérpretes; éstos deberían arriesgarse y proponer programas de obras españolas que pudieran resultar valiosas a la sociedad actual; y siempre habría que buscar que los oyentes consideren dignas estas propuestas, asistiendo a los conciertos y comprando las grabaciones.
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