Tres flautas se dan cita en esta grabación: copias de Rottemburg, Quantz y Denner. Las tres con diapasones bajos (392, 387, y 395 Hz) que contribuyen, sin duda, a la apacible calidez del sonido, cualidad que Hazelzet manifiesta siempre en sus interpretaciones. Es un ejercicio sutil, un desafío gozoso, intentar establecer diferencias entre las particularidades de los tres instrumentos. Con Hazelzet, el minimalismo articulatorio y el diseño de cesuras en el fraseo se apoderan sabiamente de la línea melódica, sin que temamos nunca que el detalle se convierta en fragmentario. Pero su clarividencia se aúna en ocasiones con una afinación sesgada, como por ejemplo en el final del preludio de la Suite BWV1007, en cuyos compases se hace difícil calibrar dónde está el límite de lo abordable instrumentalmente, haciéndose inevitable la asociación con Nietzsche y su Humano, demasiado humano, o con lo que los italianos han acuñado como traduttore, traditore. Tender al límite entraña riesgos. ¿Pero que sería de la interpretación si no franqueáramos nunca sus confines? “El valor estrictamente musical es superior al valor instrumental, es el que predomina. ¿Por qué no transferirlo entonces a otros instrumentos? Bach lo hizo constantemente; ¿por qué no deberíamos hacerlo nosotros?” se preguntaba Pau Casals. Hazelzet afirma no haber resistido caer en la tentación de la trascripción y nos propone este disco como una pequeña ofrenda. Bienvenida sea.
Xavier Blanch ,
para Goldberg |